Follow by Email

jueves, 12 de junio de 2014

El Turismo Carretera como la metáfora de la Argentina peronista

Saben quienes frecuentan al Opa y su familia que los domingos por la mañana éste se encuentra sumido en un trance que ocurre frente al televisor y dura un par de horas. Mirar las carreras es una vieja costumbre familiar que en algún momento engordó con la lectura (más bien el estudio minucioso) de las revistas del ramo. Al cabo de algunas décadas el Opa pudo, por fin, desentrañar una conclusión que atormentaba su cabeza. El TC es la Argentina. Es una metáfora de la Argentina. De la Argentina peronista.
Iremos por partes.
El Turismo de Carretera nació en 1937 cuando una banda de intrépidos unía los pueblos y ciudades de la Comarca por caminos que a veces no existían. Enlazaban el campo, la ciudad, los pueblos, los más recónditos parajes de la patria. Llegaban allí donde no llegaban los trenes, en autos a los que pueblos enteros ayudaban a construir y equipar. Y se crearon mitos: los Gálvez, Fangio mismo, los hermanos Emiliozzi.
El Opa comenzó a conocer de ellos en los ´80.
Hoy esa vieja categoría es otra cosa. No es nada de lo que dice ser, si no una versión siniestra del manejo mafioso aplicado a los deportes. Para comenzar, las carreras y los campeonatos no se deciden en las pistas. Desde hace rato las carreras se deciden en escritorios, según las conveniencias de los dirigentes, de los políticos, de los patrocinantes. Los memoriosos argumentarán con razón que ello ocurre desde siempre, o al menos desde que los hermanos Gálvez contaban con el patrocinio estatal de la Fundación Eva Perón, con avión privado y todo, y que por ello el “Chueco” Fangio decidió irse a la Europa de posguerra. Se decide quiénes ganan, quienes pierden, y a quiénes no se revisará por si tienen el auto fuera del reglamento. Para que se entienda: es como que a los elegidos nunca les hagan el antidoping.
Los dirigentes han entremezclado sin pudor sus intereses económicos con su gestión institucional: casi siempre tienen algún fuerte vínculo empresario con alguna fábrica, y nunca trepidaron en beneficiarlas apenas pudieron hacerse del poder para manipular reglamentos.
Los hinchas de cada marca portan banderas de marcas que ya no existen o ya no están en la Comarca. En cualquier caso, se ha limitado el parque a la figura de autos que dejaron de fabricarse hace más de 30 años. Pero en realidad tampoco, porque ni siquiera son autos de calle modificados para correr, son esqueletos de caños a los que les pegan remiendos de chapa que imitan las originales. Acaso solamente el techo sea verdadero. El resto es una profusión de plástico, publicidades y cocaína.
Sobre las publicidades, recientemente la prensa descubrió parte de un escándalo: la familia de un piloto de triste nombre fue imputada por utilizar facturas falsas y evadir impuestos. Las empresas pagaban una suma determinada y la familia del piloto entregaban recibos por el doble de dinero: las empresas descontaban impuestos, y el piloto recibía fondos para su equipo. Este escándalo amenaza con enviar a la cárcel a una de las familias más influyentes de la Comarca deportiva, pero ha sido vivida como una lucha entre otros clanes mafiosos. En todo caso, ilustró cómo el automovilismo de la Comarca se financia con dinero negro.
Pero también hay misoginia, tanta que sobresale en un mundo de machismo rampante. Las promotoras en los autódromos están sometidas a vestirse como un objeto sexual, listo para ser usado por pilotos, dirigentes, periodistas. Los exhabruptos de un inimputable como Marquitos Di Palma, manoseando chicas ante la risa festejante de los periodistas y los hinchas, es parte del circo. También lo es que recientemente se haya detectado una (de las varias) redes de trata de personas, que sometían a la prostitución a menores de edad en el cálido ámbito familiar del TC.
Ya que hablamos de la familia, está la parte sana del mito: el humito del asado al lado del alambrado, la presencia de varias generaciones familiares alentando desde la reposera.

El TC es una mentira. No es turismo, ya no corren (afortunadamente y después de muchas muertes) en carreteras, los autos no son lo que dicen ser, no gana el que mejor maneja sino el que mejor hace trampa y teje su impunidad, el origen de los fondos es inconfesable, fomenta la trata, la prostitución y el narcotráfico. Pero siempre al amparo de las tradiciones, de la apelación emotiva, del amor por los trapos. De la pulsón imbécil por el aguante cómplice, caiga quien caiga. No es casual tampoco que cada tanto la muerte adorna el espectáculo. Es la Argentina de máxima pureza.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario